La leyenda de la piedra negra (3ª parte)

Se incorporó rápidamente, iba descalza, esquivó a su mastín marrón que pretendía darle la bienvenida como casi todas las mañanas. Pero aquel, tenaz,  le bloqueo el paso varias veces, hasta conseguir que su compañera humana le acariciara el lomo.

Después de unos inoportunos timbrazos saltó el contestador automático y tras este, el consiguiente mensaje. Era el dueño de la casa ordenándole nuevamente bajo una patina de falsa amabilidad, que a la mayor brevedad posible se pusiera al corriente de los pagos. Era  un hombre vulgar, alto enteco, de gestos desabridos y mirada fría similar a la de un caimán.

Sara miró a su alrededor inquieta, los techos altos las recias vigas de madera. Bajó la vista observando el suelo de gres marrón, sonrió al ver a su perro revolcarse como si fuera un cachorro por el suelo, ajeno a cualquier problema monetario.

Era un día radiante, el sol iluminaba la estancia y una suave brisa agitaba caprichosamente las finas cortinas de su dormitorio.

Algo llamó la atención de Sara, intrigada se acercó a la ventana. En su jardín alguien había colocado una especie de escultura negra de grandes dimensiones. No podía verla con claridad, ya que aún no se había colocado las lentillas. Dicha escultura brillaba bajo el sol como si estuviera bruñida, poseía cierto aire humanoide, sin embargo desde algunas zonas de su anatomía emergían  singulares formas lobuladas.

-¿Me estaré volviendo loca? – Se preguntó mentalmente. Cambio de parecer al percibir que un par de niñas observaban aquel extraño prodigio. Eran dos chicas rubias de unos 6 o 7 años estaban situadas frente aquella inusual estatua. La más bajita permanecía silenciosa agarraba con nerviosismo su bicicleta, mientras que la otra parecía estar hablando con alguien, ya que movía sus labios.

Sara se vistió vertiginosamente  despojándose de su camisón, se abrochó de forma desigual su blusa y se puso una falda vaquera corta. Bajó como una exhalación  por las escaleras  de madera. Cuando fue abrir la puerta principal comprobó extrañada que aquella estatua había desaparecido. Perpleja camino errática por el jardín, para de algún modo poder confirmar con hechos, sus extrañas visiones.

Frustrada se sentó sobre el césped, unos segundos más tarde reconoció a las dos niñas

-Hola – Dijo Sara sonriéndoles

-Hola – Dijeron las niñas casi al unísono, sin corresponder a su sonrisa.

-¿Puedo haceros unas preguntas?- Les preguntó con sinceridad.

Las niñas se miraron entre si de forma cómplice. Parecía como si aquella situación les divirtiera de alguna forma

-No tengo caramelos… pero tengo algo de…. -Agregó Sara buscando en sus bolsillos

-No necesitamos tus caramelos, ni tampoco tus monedas ¿Qué quieres saber? –Le contestó una de las niñas con un mohín de disgusto como si fuera una adulta ofendida.

-¿Visteis la escultura negra? – Las interrogó de nuevo. Las niñas volvieron a mirarse entre si y se cuchichearon algo al oído.

-Sí, la vimos. – Le contestó la niña. Sara tragó saliva, le sudaban las manos aquel diálogo parecía irreal. Una pregunta empezó a bosquejarse en su mente, pero no se atrevía a formularla por miedo a oír la respuesta.

-Estuve hablando con el señor de los sueños. – Comentó la niña como si pudiera oír sus pensamientos más recónditos. – No es la primera vez que hablo con él ¿Sabes? – Dijo al ver que Sara permanecía inmersa en un curioso mutismo. La niña  cogió una pequeña ramita del suelo.

Su pelo rubio refulgía bajo el sol,  su expresión parecía inocente a intervalos.

-¿Cuál crees que es su punto débil? – Le preguntó.

Sara enarcó una ceja al oír sus palabras. Recorrió visualmente la breve ramita y señaló un determinado punto intermedio que parecía más quebradizo. La niña asintió como si fuera una profesora. – Nos caes bien, queremos volver a verte, recuérdalo. – Añadió

-Lo recordare – Repuso Sara confusa, con algo de zozobra reflejada en sus ojos, no sabía si estaba siendo objeto de la burla. Las niñas se alejaron y aquel aspecto hierático y solemne impropio de su edad desapareció dado que volvieron a jugar alegremente correteando por el césped.

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