La leyenda de la piedra negra (10ª parte, final)

-¡Sé quien eres! – Exclamó la joven.
-Ja ja ja – Rió la sombra negra. -Umm…. Veremos… – Replicó jactancioso seguro de su poder.
El frío atenazó el cuerpo de Sara pese a ello la joven se encaró hacia el espectro situado frente a ella. Obvió sus afilados comentarios que pretendían menoscabar su espíritu.
-Creo que sólo estas intentando ganar unos pocos segundos de vida. – Opinó la sombra agarrando su mano con violencia. Riéndose después al leer el pánico reflejado sobre su semblante. Era este un miedo primitivo. Brotaba salvaje al presenciar impotente cómo su cuerpo se iba disolviendo parcialmente de manera incomprensible.
-¡Usted es su padre el hombre que lo maldijo! – Le reprochó Sara. La joven estaba agotada, cada palabra emitida por su garganta le suponía un enorme esfuerzo. El espectro detuvo su avance. A su vez el cuerpo de Sara recobró su carnalidad perdida. Se sintió parcialmente aliviada, ya que el terror aún seguía oprimiendo su cuerpo. Había aceptado y desechado múltiples deseos, se sentía desorientada confusa…
-Así es Sara – Aseveró el espectro, demostrando al hablar cierta vacilación, parecía sentirse contrariado.
-¡Deseo que vuestro talento sea grande en el pasado! – Pronunciadas dichas palabras el espectro desapareció vertiginosamente de su campo visual. Al igual que el contenido foráneo que había invadido su casa. Sin embargo algunas volutas… o jirones de luz fueron más perezosos para emprender su partida. Se quedaron suspendidos en el aire tan sólo unos segundos más… Para correr finalmente el mismo destino.
El sabor de la victoria le resultó agrio. Todo había vuelto a la normalidad, ya no había ninguna piedra negra en el centro de la sala, ni tampoco misteriosas hiedras que treparan por sus paredes sinuosamente. La puerta había recobrado su apariencia…
La joven se sentó sobre el sofá azul, dejándose caer abatida. A sus pies dormía placidamente su perro. Dos pitidos de su móvil la volvieron con rudeza a la realidad. Escuchó su buzón de voz con apatía. Era su novio posponiendo una vez más la cita acordada con una nueva excusa, si cabe aún más absurda que la anterior. Quizás fuera cierto lo que algunos le habían advertido…. Decían que salía con otra mujer… Sara inspiró profundamente pensó en llamar a algunas de sus amigas y narrarles todo lo que le había acontecido. Vaciló ante el teléfono negro que estaba situado frente a ella sobre la pequeña mesa de cristal, sin saber que decisión tomar. Finalmente desechó aquella idea ya que supuso que habría demasiadas posibilidades de ser tildada de loca.
Unos fuertes golpes sesgaron la tranquilidad de la noche.
-¡Que salvaje! ¿No sabrá que hay timbres? – Espetó indignada hacia un oyente imaginario.
La ira que se había apoderado de su mente se tornó en alegría al abrir la puerta. Era el señor de los sueños.
-¿Por qué llamas a las puertas si eres mago?- Bromeo Sara
-Por guardar las formas. – Comentó él al tiempo que la abrazaba.
-¿Cómo lo lograste? – Indagó ansioso por saber la razón de su comportamiento. Besó su frente después su boca con placer recreándose en el volumen de sus seductores labios una y otra vez mientras acariciaba su rebelde cabello y su voluptuoso cuerpo. Acto seguido los dos franquearon el umbral de la casa.
-Supe que tu padre había sido un famoso mago en otro tiempo. –Comenzó a narrar la joven. – Pero deduje que a pesar de ello él no había sido brillante como tú. Su maestría se debía a su gran perseverancia y a su dedicación. Si él hubiera poseído el talento necesario, no se habría quedado atrapado dentro de su propia maldición. –Opinó Sara mirando fijamente al señor de los sueños, que mostraba una expresión casi glacial. – El castigo fue desproporcionado. La ira se apoderó de su mente al comprobar que era superado con facilidad por un joven aún inexperto. Alguien que era capaz de crear conjuros superiores a los suyos. Tuvo envidia de ti y esta lo arrastró a la demencia a la sinrazón maldiciéndote para liberarse de tu presencia. – Le confesó de forma precipitada, extrañada por su curioso mutismo y por la expresión de su rostro. -¿Estás bien?
-Sí estoy bien. – Le contestó tras una ligera pausa. – He llegado a conocer a cientos de hombres y mujeres a lo largo de los siglos. Ninguno de ellos mostró el más mínimo interés ni por mí ni por el resto de mis compañeros de viaje. Tú fuiste la primera eres única- Le confesó, ella le sonrió complacida. Justo en el momento en que iba a corresponder a sus palabras el colocó traviesamente su dedo pulgar sobre sus turgentes labios sintiendo al hacerlo su delicada piel. –Espera tengo de sed de tus labios. – Añadió desconcertándola, ella se ruborizó ligeramente, no obstante se acercó un poco más.
-Yo también – Le respondió ella depositando un cadencioso beso sobre su boca.
-Ummm… Dime una cosa…. -Comentó Sara
– ¿Qué quieres saber?- Indagó él a su espalda retirando su cabello a un lado para besar su cuello.
Mientras el mastin de la joven rezongaba molesto por el visitante. Permanecía alerta a cierta distancia. Ladrándole en algunas ocasiones de forma aleatoria, recordándole que era un extraño.
-Si tú también podías pedir tres deseos… ¿Por qué no te liberaste? – Opinó Sara girándose hacia él.
-Pude metamorfosear la maldición de mi padre pero no anularla. Sólo una persona proveniente del exterior podía romper el maleficio esas eran las reglas. Mis deseos estaban limitados sesgados hasta cierto punto, eran débiles. Debía cumplir las condiciones establecidas… – Le aclaró observando como la joven asimilaba sus palabras.
-No te pude oír… ¿Qué fue lo que dijiste en el último instante?
-Utilicé un lenguaje arcano y antiguo. Mis palabras fueron “Deseo volver junto a mi amada.” – Se sinceró abrazándola después con pasión.

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