La leyenda de la piedra negra 5ª parte

Todas las miradas convergieron sobre ella. Su ropa informal se había esfumado, su nuevo atuendo era diametralmente diferente ahora. Una breve falda dorada, se adaptaba a sus caderas lánguidamente y una blusa de similares características, dejaba al descubierto su atractivo ombligo. Deslizó su mano sobre ese curioso e inusual  tejido. Era fino, emitía un leve fulgor. Notó un suave cosquilleo sobre las yemas de sus dedos al rozarlo. No parecía un material por ella conocido. Se asemejaba más a una  energía, que envolvía sinuosamente su cuerpo. Sugiriendo, en vez de ocultar. Unas diminutas piedras preciosas de color verde, adornaban blusa y falda caprichosamente.

Se escuchó una música de tambores, flautas e instrumentos inusitados… Junto a ella hombres y mujeres, comenzaron a bailar, bajo un ritmo salvaje.

Sara titubeo unos instantes, algo desorientada. Segundos después, la música fue apoderándose de su cuerpo, de nuevo. Sus caderas se movieron al ritmo desenfrenado de los tambores. Con cada giro que ella daba, dejaba al descubierto sus firmes y torneados muslos. Su cuerpo seguía una exótica coreografía, una antigua danza, de un remoto lugar… Sintió placer bajo sus pies, al pisar la fina y cálida arena, una y otra vez, sin importarle su procedencia. Deleitándose con cada momento, que aquella ocasión le brindaba.

Cuando la música hubo cesado, de entre la multitud surgió un hombre de cabello oscuro y ojos azules. Sus rasgos eran alargados. Alto, cautivador, avanzaba hacia ella, con una pícara sonrisa…  Llevaba el torso desnudo, la complexión de su anatomía era fuerte. Podría haber pasado por un bailarín más. La única prenda que portaba, era un pantalón largo, de color ambiguo. Ya que según incidía  la luz sobre el,  se asemejaba unas veces al negro y otras al gris antracita. Mientras, el público enardecido, reclamaba una actuación más.

-Bienvenida Sara – Dijo aquel desconocido. Sus ojos, parecían estar acariciándola con la mirada, su voz era agradable, de tono grave.

-Gracias ¿Quiénes sois? – Repuso ella, correspondiendo a su sonrisa. Se sentía atraída hacia aquel hombre. Su aspecto, su voz, no podía dejar de mirar sus ojos. De percibir su embriagador aroma de maderas del bosque, de almizcle…  que parecían magnetizarla. Su sola presencia le producía placer, dicho placer ascendía en oleadas desde su sexo incitándola  a algo más.

-¿Es este tu segundo deseo? – Susurró el desconocido. Acto seguido humedeció sus labios seductora y perezosamente con su lengua. Era consciente del poder que ejercía sobre su interlocutora. – Uhm…. No sería cortes, será el mío entonces…

– Agregó, pronunciadas dichas palabras, su pícara  sonrisa  se trocó en una mueca triste. Las púpilas de Sara se dilataron un poco más, sin saber que decir, guardó silencio. – Los que tienen la mala suerte de cruzarse en mi camino me conocen como ….

Anuncios

La leyenda de la piedra negra (4ª parte)

 

La joven renegó con la cabeza, alejando con aquel simple gesto, todos aquellos pensamientos alocados, todas aquellas quimeras absurdas, que habían estado atormentando su mente. Aquellos sueños, simplemente habían sido pesadillas, nada más. Estaba sometida a mucha presión, en diferentes ámbitos de su vida.

Aquellas chiquillas, no eran más que un par de niñas traviesas. Si les hubiera preguntado si habían visto un elefante rosado, posiblemente también le hubieran seguido la corriente, con tal de divertirse durante un rato más, a expensas suya.

-Seré tonta – se recriminó a si misma a un paso  del portal de su casa. Extrajo la llave de su bolsillo y la introdujo lentamente. Se fijó en el barniz de la puerta parcialmente envejecido por el sol. Al instante le asaltaron todas las cosas que tenía pendientes… Hablar con el dueño de la casa, llamar a su novio que aún debía de estar enfadado con ella, por aquella nimiedad…

Inspiró profundamente intentando serenarse al hacerlo, notó un suave perfume a sándalo… Al abrir la puerta aquel aroma se hizo más intenso. Una densa oscuridad inundaba la casa. No podía vislumbrar los contornos de los muebles. Aquella visión, le produjo un estado de indefensión provocando que todos sus sentidos se pusieran alerta. Dio un paso hacia atrás para escapar de aquella situación. Angustiada oyó como unos seres invisibles cerraban la puerta tras de si. Las manos le temblaron mientras buscaba frenética entre sus bolsillos. Al dar con ella se giró bruscamente en dirección a la puerta. Un bulto en el suelo la hizo tropezarse, aquel emitió un lúgubre lamento de ultratumba.

Sara tanteo la puerta con las dos manos, pero aquella ya no tenía el antiguo tacto de madera. Sus manos estaban tocando una especie de puerta de piedra con abigarrados relieves, su textura era áspera, rugosa…

Una densa hiedra se proyectó sobre las paredes de la casa. Con la respiración entrecortada, Sara alzó la mirada hacia arriba, comprobando estupefacta que podía ver las estrellas. Unos rústicos hachones iluminaron misteriosamente la  estancia. De súbito se oyeron risas y música por doquier. Una multitud desconocida parecía disfrutar de una curiosa fiesta. Sus ropajes eran atípicos ligeros y  exóticos como si pertenecieran a otra época. Una amplia variedad de colores embellecían sus atuendos: dorados, negros, plateados, verdes, burdeos… Hacía calor… la joven se desabrochó un par de botones de la camisa. Unos bailarines irrumpieron en escena sus cuerpos musculados brillaban tenuemente bajo la luz de las antorchas. Danzaron al ritmo de la música a la luz de la luna llena. Sara hipnotizada siguió el desarrollo de la danza. Se fijó en sus torsos desnudos, sus dorsales, sus recios pectorales. En la sinuosa cadencia de sus movimientos varoniles. Sus pieles  de color canela parecían realzadas por sensuales aceites. Magnetizada y enfebrecida por la fuerza de los tambores se dejó llevar… dedujo que quizás todo aquello no fuera más que un simple sueño erótico. Sintió el deseo de unirse a la danza junto a ellos, aquel deseo fue en aumento, le urgía a liberarse de torpes ataduras, a ser una diosa de la danza… Al instante se vio transportada mágicamente hasta el centro de la sala. Todo parecía tan irreal, tan confuso…

LA LEYENDA DE LA PIEDRA NEGRA (2ª )

-¡AAAHHH! – Chilló histérica, arrodillada sobre el suelo, intentando acallar aquellas voces de ultratumba que la estaban atormentando mientras se tapaba los oídos con ambas manos.

Misteriosamente aquel método funcionó, las espectrales y lúgubres voces desaparecieron con la misma rapidez que habían sojuzgado a su frágil equilibrio. Se incorporó lentamente, sin prestar apenas atención a sus rodillas que sangraban copiosamente a través de múltiples cortes. Se acercó hacia el espejo con la respiración entrecortada. Abrió el grifo del lavabo observando hipnotizada como fluía el agua a través de un débil hilillo. Levantó la mirada con la finalidad de observar su deplorable estado, con la peregrina idea de que al ver su propio rostro, todas las cosas volverían a la normalidad. Pero no fue su imagen la que este le devolvió, sino la de una enigmática mujer de piel blanca y cabellos oscuros que la llamaba por su nombre. Aquella voz le resultaba familiar no podía ver sus rasgos  faciales con claridad. Los límites de la realidad parecían difusos distorsionados, el espejo se asemejaba más a una ventana hacia otra dimensión

-¡Sara ayúdame Sara! – Le suplicó aquella mujer atormentada -¡Ayúdame Sara!- Volvió a implorar entre nieblas. La desconocida iba vestida con un vestido negro que parecía flotar ingrávido en el aire al igual que sus cabellos.

-¿Quien eres? ¿Qué  quie… quieres de mí? – Preguntó con voz entrecortada por el pánico, que esta le infundía. Al mismo tiempo Sara se fue alejando del espejo sin dejar de mirar fijamente aquella insólita aparición.

Justo en aquel momento la joven se despertó bruscamente de aquel sueño. Paralizada por el horror tardó unos segundos en reorganizar su mente. Estaba sobre la cama de su dormitorio, su corazón le latía vertiginosamente.

Llevaba un camisón blanco y sencillo, estaba empapada en sudor de forma que en algunas zonas de su cuerpo la fina tela se le había adherido dejando translucir sus curvas y su atractiva piel canela. Poco a poco se fue serenando paulatinamente… Se repitió mentalmente que sólo había sido un sueño. Deslizo una de sus manos acariciando la suave sabana de color azul marino. El frescor y el perfume que esta emanaba la distendieron levemente. Inspiró profundamente varias veces.

En aquel momento sonó el teléfono.

LA LEYENDA DE LA PIEDRA NEGRA (1ªPARTE)

INSOMNES

LA LEYENDA DE LA PIEDRA NEGRA (1ªPARTE)

 

Sara se quitó las pulseras de plata con lentitud. Estaba cansada, se miró unos instantes en el espejo del cuarto de baño y este le devolvió la imagen de una joven exhausta de cabello pelirrojo y alborotado que intentaba domar habitualmente, sujetándoselo con una gruesa trenza, que le caía hasta la mitad de la espalda.

De mirada inteligente y rasgos regulares, observó fijamente sus ojos claros y azules. Se sentía muy orgullosa de que estos poseyeran aquel singular color.

Poco a poco se fue despojando de la ropa. Primero se quitó aquellos vaqueros ajustados de color desgastado que tanto favorecían su estilizada figura… Después la camisa de color verde. Tras mirarse unos instantes complacida al verse tan seductora con aquella ropa interior de encaje negro, se despojo de ella cadenciosamente y se introdujo en la ducha.

Su cuerpo dio un respingo al confundirse con el mando. Todo su cuerpo se arqueo tensándose por la impresión

-¡Maldita sea! – Bramó indignada, rápidamente corrigió su equivocación.

Fue saboreando con placer, como aquella agua tibia se deslizaba suavemente sobre su voluptuoso cuerpo. Depositó una pequeña cantidad de gel sobre su mano y frotó sus cabellos finos y ondulados, su delicado cuello, sus generosos pechos. El vaho impregnaba los cristales de la ducha, confiriéndole a la escena cierto halo mágico y sensual.

De subito oyó unas extrañas voces a su espalda. Parecían hablar en un lenguaje antiguo, en una lengua ya muerta. Entrelazados entre aquella amalgama de voces inextricables se fundían espectrales siseos. Notó como su corazón se aceleraba hasta valores insospechados. Salió torpemente de la ducha, casi como un animal despavorido, rompiendo al hacerlo uno de los cristales. Multitud de esquirlas de cristal cayeron a su alrededor…